«Había pasajes que me hacían tan fuerte impresión, que me parecía que oía una voz que me decía a mí lo mismo que leía» (Aut 114).

ESCUCHA PERSONAL DE LA PALABRA

Lo que Claret nos cuenta con esa frase tan breve y sencilla es su manera personal de leer la biblia: «escuchando» en el texto la Palabra de Dios y acogiéndola para hacerla vida. Leía la biblia activando la fe y la confianza en Dios, poniendo el corazón en sintonía con Él y deseando conocer su voluntad para cumplirla. Era un método de lectura que hoy llamaríamos «existencial». La suya, por lo tanto, no era una lectura meramente informativa de la biblia, sino “transformante”.

Claret consultaba con frecuencia algunos comentarios selectos sobre los textos de la biblia para entender lo que los autores quisieron decir al escribirlos. Pero iba más allá de una lectura «histórico-arqueológica». Iba a una «lectura viva» de la Palabra que le afectaba vitalmente, le enriquecía espiritualmente, le renovaba; ¡y todo eso en una época en que entre los católicos era raro buscar en la biblia el alimento espiritual!

En nuestros días, afortunadamente, crece en la Iglesia la afición a la lectura comunitaria y personal de la biblia, con variedad de métodos que favorecen la escucha y la meditación de la Palabra de Dios.

Lo que Claret manifiesta sobre su lectura personal de la biblia nos orienta y estimula para «escuchar» personalmente al Padre o a Jesús y a su Espíritu en la Escritura. Nos aclara y nos dispone para poner en práctica en nuestro vivir cotidiano los «mensajes de vida» que nos transmiten los textos sagrados.

El ejemplo de Claret nos cuestiona a cada uno: ¿Tengo la costumbre de leer la biblia? ¿Cuándo y cómo la leo? ¿«Escucho» lo que leo? ¿Lo vivo?