«La mortificación sin la oración es un cuerpo sin alma, y oración sin mortificación es alma sin cuerpo. Siempre deben andar juntas estas dos cosas. Las rosas de la oración no se crían sino en las espinas de la mortificación»

(Carta ascética… al presidente de uno de los coros de la Academia de San Miguel. Barcelona 1862, p. 19; editada en EC II, p. 589).

ORACIÓN Y CRUZ DE CRISTO

¿Quién habla hoy de mortificación? Las prácticas de mortificación de otros tiempos han caído en desuso. La vida misma–suelen argüir algunas personas– nos ofrece suficientes ocasiones de sacrificio como para tener que buscar más penitencias.

Sin duda que la santificación no proviene de nuestras obras, ni de nuestras penitencias. Es el Espíritu Santo quien actúa, el verdadero protagonista de nuestro progreso espiritual. El Espíritu Santo, sin embargo, requiere de nuestra colaboración. Secundar las inspiraciones del Espíritu requiere un esfuerzo de conversión, de superación del pecado, un dominio de sí.

Como discípulos de Jesús creemos en Dios Padre, esperamos en su promesa de salvación, amamos al prójimo como Él nos ha amado. Vivir como cristianos nos lleva a obedecer los mandamientos de Jesús, a asumir sus actitudes, a vivir como él vivió. Todo esto es fruto de la gracia de Dios, es un don que recibimos; pero el don exige acogida de nuestra parte. De nada nos servirá la asistencia del Espíritu si no contribuimos a ir superando todo lo que nos impide dominar nuestros impulsos menos humanos y vivir en la caridad.

¿Te parece que asumes tu vocación cristiana en su totalidad, o te haces un «cristianismo a la carta»? ¿Sabes distanciarte críticamente de la seducción por la sociedad de consumo y optar por el Evangelio, incluida su llamada a llevar la cruz?