«A la vista de la virtud y firmeza de los buenos sacerdotes, los impíos pierden su osadía y atrevimiento» (Aut 735).

EL TESTIMONIO CONVINCENTE

Lo que desarma la hostilidad contra la fe y contra la Iglesia no es la apologética, sino el testimonio de vida de los cristianos, sobre todo de los más representativos. En la historia de la Iglesia ha habido espléndidos ejemplos de sacerdotes que han predicado más con su vida que con su palabra: por ejemplo, el Cura de Ars. Ese fue también el caso de Claret. Lo que en verdad construye a la comunidad y sirve a la extensión del Evangelio es, ante todo, el testimonio de una vida entregada.

Ciertamente, el mal ejemplo de un sacerdote causa un daño mayor a la fe de los débiles que el de un laico, porque se espera más de él. Un caso muy lamentable es el de los sacerdotes pederastas. La prensa sensacionalista ha aprovechado la humildad con la que el Papa ha pedido perdón por esos escándalos y ha exagerado sobremanera el tema hasta crear la sensación de que la mayor parte de los casos de pederastia proceden de los sacerdotes, cuando en realidad están lejos de llegar incluso al 0,5%. Aunque, por pocos que sean, siempre es lamentabilísimo que eso suceda. Jesús mismo, tan comprensivo con los pecadores, tuvo palabras muy severas para quienes causan el escándalo (cf. Mt 18,6). Ahora bien, esos delitos, cometidos por personas destacadas en la Iglesia, no tendrían por qué mellar una fe adulta que no debe apoyarse solo en los sacerdotes, sino en la roca firme de la persona misma de Jesús.

¿Cómo es mi testimonio de vida? ¿Perciben los demás que actúo de otro modo debido a mi condición de creyente, o no hay nada que me distinga de los demás?