«En materias de política jamás me he querido meter, ni antes, que era mero sacerdote, ni ahora tampoco, siendo así que varias veces me han pinchado […]. Al fin y al cabo todos los partidos no son más que jugadores, que tratan de ganar el tanto y tener el orgullo de mandar a los demás o el lucro del sueldo más crecido» (Aut629).

SIEMPRE AL MARGEN DE LA POLÍTICA

Claret lo tenía claro: lo suyo era ser misionero. Jamás pretendió otra cosa. Las circunstancias de la vida le llevaron a ámbitos que nunca hubiera imaginado. Lo sacaron de los campos y las masías catalanas, lo condujeron a la aceptación de la mitra, lo colocaron en las lejanas Antillas, lo situaron después en un ambiente palaciego, lo arrojaron al destierro… Pero él siempre fue el mismo: misionero apostólico.

Cuando la providencia lo llama a Madrid, junto a los grandes de la tierra, conoce las miserias humanas de muchos que merodean por la Corte. Podría haberse inmiscuido en lo político. No lo hizo. Ni escuchó a quienes le “pinchaban” para ello.

En el terreno político, quien no es llamado al mismo por espíritu de servicio, mejor es que se mantenga al margen. Si, además, es agente comprometido con el anuncio del Evangelio, deberá guardar una actitud de exquisita prudencia.

Hay alta política y política de zancadillas. La primera la realizan los estadistas que buscan una sociedad más justa, que dignifique la vida de todos. La otra, la de las zancadillas e intrigas, es egoísta e interesada. Hasta entre los discípulos de Jesús hubo dos que intrigaron, intentando asegurarse los mejores puestos en el Reino. ¿Sabes qué les respondió Jesús? Búscalo en el evangelio de Marcos, capítulo 10.