«Cuando Jesucris­to enseñó a hacer oración, encargó que pidiésemos el pan corporal y espiritual de cada día, juntamente uno y otro; así lo entendieron y practicaron los primitivos cristianos, que cada día daban al cuerpo y al alma su propia refección, esto es, cada día comulgaban y comían»(Carta ascética… al presidente de uno de los coros de la Academia de San Miguel. Barcelona 1862, p. 28; editada en EC II, p. 594).

DANOS SIEMPRE DE ESE PAN

La oración del padrenuestronació de los labios de Jesús. Sus discípulos la aprendieron de memoria. Sigue resonando, y lo seguirá haciendo a lo largo de la historia, en todos los pueblos y en todas las lenguas. En ella suplicamos: «Danos hoy nuestro pan de cada día».

Pedimos al mismo tiempo el pan material y el pan espiritual: el manjar que es fruto del trigo de los campos, que alimenta nuestro cuerpo, y el pan espiritual –el pan «de los ángeles»– que enriquece y robustece nuestra vida cristiana. Ese pan debemos comerlo, si nos es posible, cada día; solo así podremos afrontar las exigencias de la vida cristiana en el ambiente de increencia que nos envuelve y que exige una peculiar fortaleza.

En un momento de recogimiento, saborea las palabras del padrenuestro, la oración de todos los hijos de Dios. Te podrá servir en tu interior esta constatación de Claret en sus años de plenitud mística: «En cada palabra del Padre Nuestro, Avemaría y Gloria veo un abismo de bondad y misericordia. Dios nuestro Señor me concede la gracia de estar muy atento y fervoroso cuando rezo estas oraciones» (Aut 766).

Reza pausada y conscientemente esas oraciones aprendidas en tu infancia.