«Bendito seáis, Dios mío. Dad vuestra santa bendición a todos los que me persiguen y calumnian; dadles, Señor, toda suerte, de prosperidades espirituales y corporales, temporales y eternas. Y a mí dadme humildad, mansedumbre, paciencia y conformidad con vuestra santísima voluntad para sufrir en silencio y amor las pena, persecuciones y calumnias que Vos permitís vengan sobre mí» (El consuelo de un alma calumniada, Barcelona 1864, p. 7).

VENCER AL MAL CON EL BIEN

«El oro se purifica en el crisol», dice la Escritura (Sir 2,5). La adversidad puede ser sanadora, proporcionar energía e ilusión,siempre que se viva con fe inquebrantable, oración incesante y horizonte amplio en una aceptación serena de la misma como parte de un proceso de maduración y desde la mística del seguimiento de Jesús.

Es claro que esto necesita un aprendizaje; y necesita, sobre todo, la ayuda de la gracia, pues el creyente no posee de entrada esa original sensibilidad, ni esa fe en el poder redentor del sufrimiento y en la convicción de que Dios mismo lo permite para así purificarnos y perfeccionarnos.

Cuando se ha adquirido esa visión sobrenatural, la reacción al sufrimiento ya no es la queja, ni la huida. Se da incluso una gozosa y mística aceptación del sufrimiento, que nada tiene que ver con el masoquismo, sino más bien con el entusiasmo por asemejarse cada vez más a Cristo. Es impresionante la reacción de Claret al atentado del que fue objeto en Holguín: «No puedo yo explicar el placer, el gozo y alegría que sentía mi alma al ver que había logrado lo que tanto deseaba, que era derramar la sangre por amor de Jesús y de María» (Aut 577).

¿Me doy cuenta de mi dificultad para afrontar adecuadamente mis sufrimientos?