«Conozco que no tengo genio de cortesano ni de palaciego; por esto, el tener que vivir en la Corte y estar continuamente en Palacio es para mí un continuo martirio. Siempre estoy suspirando por salir. Soy como un pájaro enjaulado que va siguiendo las varitas para ver si puede escaparse. Casi me habría alegrado de una revolución para que me hubiesen echado» (Aut620 y 621).

ALEJADO DE HONORES PALACIEGOS

Una jaula. Una jaula dorada fue el ambiente cortesano para Claret. ¡Cuántos hubieran deseado estar allí! Pero Claret no era de ese talante. Tal vez precisamente por eso la Reina de España lo escogió como su confesor. Y él exigió a su Majestad, como condición para aceptar el cargo, ser eximido de ciertos protocolos y que le dejara la necesaria libertad para poder realizar otras actividades apostólicas en la capital del reino. Y la Reina accedió a sus deseos. Con todo, Claret se sentía enjaulado porque sus anhelos misioneros iban mucho más lejos.

El ambiente cortesano le hacía sentirse incómodo a Claret, quien ahora, en el Madrid de finales del siglo xix, se convertiría en el blanco de las mayores persecuciones, mofas en la prensa, viñetas escandalosas, denigraciones y calumnias.

Claret callaba y anhelaba abandonar ese cargo; se sentía como un pájaro enjaulado que no consigue escapar de su prisión dorada. Se mantuvo ahí, por obediencia al Papa. Pero no dejó de ejercer su ministerio a favor de todos, cortesanos y gente del pueblo llano. Tal vez los 11 años que tuvo que permanecer «encerrado» en Madrid fueran los más fructíferos de su vida misionera. Y también los más dolorosos.

¿Cuáles son tus ataduras, las varillas que te aprisionan en tu comodidad, tu estatus, tus rutinas…?