«Antes de comer diré: Señor, como parar tener fuerzas y serviros mejor. Antes de acostarme diré: Señor, lo hago para reparar las fuerzas gastadas y serviros mejor. Antes de estudiar diré: Señor, lo hago para conoceros, amaros y serviros, y para ayudar a mis prójimos. Lo hago porque así Vos, Señor mío, lo habéis ordenado»

(Propósitos del año 1862; en AEC, p. 698).

EL SENTIDO PROFUNDO DE LO COTIDIANO

Con este propósito, Claret intentaba poner en práctica lo que dijo san Pablo a los cristianos de Corinto: «Ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1Cor 10,31).

Se trata de un propósito que está en coherencia con la fe en un Dios, Padre entrañable, que nos envuelve permanentemente en su amor y que da sentido a nuestra vida; una vida que, por lo mismo, se desarrolla en permanente diálogo de amistad con Él.

Hacerlo todo como Dios quiere, hacerlo todo como lo hizo y lo haría hoy Jesucristo, que ajustó permanentemente su vida a la voluntad de Dios, ese es el ideal y el norte de la vida cristiana. Y eso lo podemos expresar en cada acción por insignificante que sea. De ese modo reafirmamos que nuestra existencia está centrada en Dios Padre y en Jesucristo el Señor.

Dios Padre y Jesucristo no solo nos acompañan, sino que nos envuelven como el aire que respiramos y penetran con su amor hasta lo más hondo de nuestro ser. Ellos no son amigos ocasionales, sino que están permanentemente con nosotros y nos permiten vivir en continuo diálogo de amistad con ellos.

También es cierto que para mantener ese diálogo necesitamos momentos dedicados exclusivamente a la oración o la contemplación. ¿Los tenemos?