«¿Y queréis Vos, Madre mía, que yo, siendo un hermano de estos infelices, mire con indiferencia su fatal ruina? ¡Ah, no¡ Ni el amor que tengo a Dios, ni el amor al prójimo lo pueden tolerar; porque ¿cómo se dirá que yo tengo caridad o amor de Dios si, viendo que mi hermano está en necesidad, no lo socorro?» (Aut158).

AMOR A DIOS Y AL HERMANO

La pregunta que inicia la frase es retórica, no es una auténtica pregunta sino una reafirmación de una convicción. Da por supuesta la respuesta que subraya a continuación. «Dios» y «prójimo-hermano» son dos palabras que siempre aparecen unidas en el vocabulario deClaret. Es imposible separarlas.

En esta oración que Claret dirige a María, su Madre querida, advertimos varios detalles que se convierten en auténticas lecciones de vida. Entre otros, estos:

Aquella religiosidad mariana que excluya el amor concreto, expresivo, con palabras y obras hacia el prójimo necesitado, no es una religiosidad sana.

La indiferencia es seguramente el virus, sutil pero muy dañino, que más imposibilita el nacimiento del amor. Es ceguera del corazón ante la necesidad del prójimo. Era la enfermedad que padecía el rico Epulón; le afectaba a la vista y le incapacitó para ver al pobre Lázaro en la mismísima puerta de su casa.

Dos acciones recomendables para quien busque vivir en cristiano: «ver» y «hacer». Por ese mismo orden y sin dejar que nada interrumpa la secuencia: se unen así la mística de los «ojos abiertos» y la acción de las «manos trabajadoras». Esa es la dinámica de la compasión.

Amigo, pregúntate si tu espiritualidad y, en concreto, tu relación con María te saca de la indiferencia y te lleva a la compasión.