«Yo, en estos siete años, siempre estuve andando de una población a otra. Andaba solo y a pie. Tenía un mapa de Cataluña forrado de lienzo que traía plegado, y por el mapa me llevaba, medía las distancias y marcaba las posadas. Por la mañana hacía cinco horas de viaje, y otras cinco por la tarde; a veces con lluvias, otras veces con nieves, y en verano con soles abrasadores» (Aut 460).

¡QUÉ HERMOSOS LOS PIES DEL MENSAJERO!

El Jesús que cautivó a Claret es el de los evangelios sinópticos: predicador itinerante rodeado de un grupo de seguidores, tanto varones como mujeres, a los que quiere hacer también «pescadores de hombres» (Mc 1,17). «Lo que más y más me ha movido siempre es el contemplar a Jesucristo, cómo va de una población a otra, predicando en todas partes…» (Aut 221).

Esa forma de vida no la limitó a sus años jóvenes; siendo arzobispo en Cuba hizo lo mismo. Son curiosas las peripecias de algunos de sus desplazamientos, como la de atravesar las “cuchillas de Baracoa” después de vadear 35 veces el río Jojó… (Aut 541). Al solicitar un tiempo para reponer su salud, cuenta a Isabel II «las fatigas que he soportado… por más de cinco años, en un clima tan contrario a los europeos, caminando más de dos mil leguas… por páramos y desiertos… durmiendo a la intemperie…» (EC, I, p. 1190).

Sin duda el misionero-arzobispo se aplicó el bellísimo texto de Isaías sobre la misión: «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que pregona el bien y predica la salvación diciendo a Sión: tu Dios es rey!» (Is 52,7). Y gozaría de verse en continuidad literal con Jesús y los apóstoles…