«Debemos amar a María santísima porque ella lo merece. María Santísima lo merece por el cúmulo de gracias que ha recibido sobre la tierra y por la eminencia de gloria que posee en el cielo; por la dignidad casi infinita de Madre de Dios a que ha sido sublimada y por las prerrogativas adherentes a esta sublime dignidad» (Carta a un devoto del Corazón de María, en EC II, p. 1.498s).

MARÍA AYUDA Y ENSEÑA A VIVIR

Dos perspectivas sugiere este texto: el sentimiento personal de María y la actitud que tenemos que manifestar sus hijos.

El sentimiento de María es claro. Ella no merece nada; todo le ha sido dado: «Proclama mi alma la grandeza del Señor… Él ha hecho en mí cosas grandes» (Lc 1,46ss). Desde esa actitud, enseña el camino a seguir. Con gratitud inmensa recibe en su seno al Verbo y,con su sangre, hace crecer la humanidad asumida. Comienza una realidad que no se suele explicar. Y es una pena. Se trata de la experiencia mariana de Jesús. Dirá Benedicto XVI: «La madre es la mujer que da la vida, pero también ayuda y enseña a vivir. María es Madre. Madre de Jesús, al que dio su sangre, su cuerpo» (audiencia del 31 de diciembre de 2005).

María, pues, «da la vida» y «ayuda y enseña a vivir».

Comento y recalco: «Ayuda y enseña a vivir». Las dos grandes necesidades del niño, ya desde el seno de la madre, son: de succión y de relación (alimento y cariño). ¿Podemos imaginar el fuego de amor que envolvió al Niño en el hogar de María y José, ese cariño que le hizo crecer «en edad, sabiduría y gracia» (Lc 2,51)?

Gracias, Jesús, mi hermano mayor, porque has hecho a tu Madre –y madre mía– tan maravillosa. Ella merece mi amor y servicio incondicional.