«Ser devoto de María es una señal de predestinación, así como una marca de reprobación el no ser devoto de María o ser contrario a su devoción. La razón es muy clara, nadie se puede salvar sin el auxilio de la Gracia, que viene de Jesús, como Cabeza que es de su Cuerpo Místico, la Iglesia. Ahora bien, María es como el cuello que junta, por decirlo así, el cuerpo con la cabeza y como el influjo de la cabeza al cuerpo ha de pasar por el cuello, así las gracias de Jesús pasan por María y se comunican al cuerpo, es decir a sus devotos que son los miembros vivos» (Carta a un devoto del Corazón de María, en EC II, p. 1.504s).

MARÍA MEDIADORA

Esta imagen de María como «cuello», por el cual pasa la vida de la cabeza al resto del cuerpo, Claret pudo encontrarla en escritos de san Alfonso de Ligorio (s. xviii) y de san Bernardo (s. xii), a cuya lectura fue muy aficionado. 

Pero, según la mariología actual, las «gracias» no pasan por ninguna parte; la gracia es el amor y la presencia de Dios actuante en nosotros, como una extensión del amor del Padre sobre la humanidad de Cristo Jesús. Y la recibimos mediante la fe. 

Sin embargo, María es la fe viviente y de ella recibimos la fe en Jesús que nos une a su humanidad. Y en la humanidad de Jesús recibimos la presencia de la Trinidad que nos santifica y que es la gracia por antonomasia. Por eso san Pablo VI, al final del concilio Vaticano II, declaró a María, solemnemente, «Madre de la Iglesia». Con gozo la podemos llamar Madre de la fe, Madre de la gracia, Madre del Cristo total.

Esta realidad teológica de la mediación de María, aceptada ya hace siglos en la Iglesia, no oscurece en modo alguno la única mediación de Cristo (cf. LG 60).

¿Yo también agradezco y me beneficio de esa maternal mediación de María?