«Para que los pueblos, provincias y reinos tengan paz, y prosperen, y sean felices, preciso es que cuiden de tener bien encarriladas las ruedas de la obediencia a la Iglesia y al Gobierno civil» (El ferrocarril, Barcelona 1857, p. 16s).

CLARET Y LA PAZ

La paz no es simplemente ausencia de guerra. Se entiende, más bien, como sosiego, estado de tranquilidad o quietud y buena relación entre unos y otros, en contraposición a la existencia de disensiones o disputas. Actitud que reporta al ánimo serenidad y un sano relax, todo lo contrario a la turbación y a las pasiones.

En el plano personal, la paz designa un estado interior exento de sentimientos negativos. La paz social implica entendimiento entre grupos o estamentos sociales.

Cuando el Antiguo Testamento usa la expresión «paz» (shalôm), como saludo, está aludiendo a un bienestar global, material y del espíritu. Se desea el conjunto de bienes mesiánicos; al Mesías se le llama «Príncipe de la paz» (cf. Is 9,6), que viene a anunciarla incluso a quienes no pertenecen al pueblo de Dios.

En el Nuevo Testamento, el término mantiene el sentido dado por el Antiguo, pero con la novedad que nos trae Jesús: Jesús trae la paz, es decir, el conjunto de los bienes de la salvación a la humanidad; se dirá que «Él es nuestra paz» (Ef 2,14).

En la situación mundial globalizada en que vivimos es preciso descubrir la paz como un valor fundamental, indispensable; sin ese sosiego personal y sin esa armonía social las múltiples interrelaciones serán destructivas. Solo esa paz puede aportar prosperidad y felicidad. Y estos bienes humanos deben quedar fecundados por la paz fruto del Espíritu (cf. Gál 5,22), que hay que pedir con confianza y recibir con agradecimiento.