«Y esto me obligó a pedir al Superior que me exonerara del encargo de Regente y me dejase libre de curatos y que [me] contase pronto a su disposición para ir a predicar a donde quisiese» (Aut 174).

LIBRE PARA SERVIR MÁS Y MEJOR

«Libre… para ir a predicar». Nótese que justamente las tres expresiones principales componen el esqueleto de la frase claretiana que comentamos. Juntas, desvelan algo del fuego que ardía, muy dentro, en el alma de Claret. Ese fuego abrasador que le selló con tres «quemaduras», las tres que sugiere esta frase que, aparentemente, daría la impresión de tratarse de una simple información.

Libertad. No estar atado a nada. Ni a nadie. Es imposible seguir a Cristo, vivir de fe, si se anda anclado e impedido por cadenas. Las que sean: el dinero, la comodidad, el miedo… Hay incluso cosas buenas que pueden ser lastre inmovilizador y peligroso. Movilidad. El verdadero seguimiento de Cristo implica siempre y en todo momento «cercanía» (estar con Jesús) y «movimiento» (ir a donde Él disponga, en su dirección). Caminar, peregrinar, moverse… es, pues, ingrediente imprescindible que todo buen discípulo y amigo de Jesús debe conjugar. «Ir a las periferias» y ser «Iglesia en salida», como nos recuerda el papa Francisco.

Anuncio. En todo quehacer humano, la finalidad es lo último en la ejecución, pero siempre es lo primero en la intención. Ser libre e itinerante no tienen sentido sin una meta alta. La más alta es, sin duda alguna, la que el mismo Jesús asumió. Ella constituyó su razón de ser, de vivir y de morir: Ser misionero de la Buena Noticia a todos.

Reza así: «Aquí me tienes, Señor: libérame. Muéveme. Cuenta conmigo».