«Tendré grande estima de la virtud de todos, los tendré a todos por mis superiores, juzgando lo mejor de todas sus obras» (Aut 750).

ESTIMA Y AUTOESTIMA

Ese no era un simple propósito de Claret, sino una práctica sincera, ya que él se fijaba en lo mejor de cada persona. Por eso podía decir con sinceridad que aprendía de todos los que vivían con él en Cuba, desde su vicario general hasta el cocinero: «Yo de todos ellos tenía que aprender, pues me daban ejemplo» (Aut 607).

Tener a los demás como superiores es la otra cara del ser últimos y servidores de los demás, que es una característica irrenunciable del auténtico seguidor de Jesús. Él trató de enseñar a sus discípulos a ser últimos y servidores: «Si uno quiere ser el primero, sea el último y el servidor de todos» (Mc 9,35).

Generalmente, tenemos mucha habilidad y perspicacia para descubrir los fallos de los demás y no menos para ocultar o disimular los nuestros. Somos muy hábiles en la crítica e inhábiles en la autocrítica.

Una actitud muy evangélica es buscar, ya de entrada, lo bueno que hay en los demás, que siempre lo hay; valorarlo y ponerlo en primer plano, en lugar de poner sus defectos como enfoque y prisma desde el que vemos a toda la persona.

A veces nos fijamos, sobre todo, en los defectos ajenos y tratamos de crecer poniendo a los otros como peana bajo nuestros pies. Estamos lejos de lo que decía Juan Bautista ante la figura emergente de Jesús: «Es necesario que Él crezca y yo disminuya» (Jn 3,30).

Deberíamos estar deseosos de descubrir las luces de bondad –los valores– que hay en cada persona y no su lado oscuro.