«Nada le costó a Dios criar las riquezas del cielo y de la tierra. Con sola una palabra, hágase, se hizo todo. Pero ¡cuánto le costó salvar las almas! Por ellas se hizo hombre, nació en un establo, predicó y se fatigó, sufrió calumnias, azotes y espinas, derramó su sangre y murió en una cruz. Un alma, pues, vale más que todas las riquezas del mundo; más que todas las coronas de la tierra; más que todos los astros del cielo» (Carta al misionero Teófilo. En Sermones de Misión,vol. I, Barcelona 1858, p. 7. Edición moderna, Roma 1979, p. 24).

DIOS QUIERE QUE EL HOMBRE VIVA

El párrafo pertenece a una carta dirigida al «misionero Teófilo», destinatario ficticio que representa a todo evangelizador, es decir, toda persona a la que incumbe tomar en serio la obra del apostolado,cual es la búsqueda de la “salvación de las almas” (expresión privilegiada en tiempos de Claret).

La búsqueda de «la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas» sintetiza el cometido fundamental de todo evangelizador. De ahí que Claret, como obsesionado con ese doble lema, centrara su exhortación al «misionero Teófilo» aludiendo en primer lugar al hecho de la creación y, sobre todo, al de la redención del ser humano –al que denomina alma, valiosa “más que todas las riquezas del mundo”– a través de la vida, pasión y muerte de Cristo en la cruz.

Claret inculca al simbólico «misionero Teófilo» el encargo que ha recibido de trabajar por el bien de sus hermanos, los hombres y mujeres de la tierra. Y, para ello, argumenta: Si Cristo hizo por ellos cuanto sabemos –la obra redentora–, a nosotros nos toca mirar con los mismos ojos de Jesús y entregarnos a esa obra con su misma entrega.

¿Asumimos con valentía los retos que trae consigo el anuncio evangélico?