«La Virgen santísima vivió muy pobre y murió pobrísima» (Religiosas en sus casas o las Hijas del Santísimo e Inmaculado Corazón de María. Barcelona 1850, p. 122. Edición crítica, Madrid 1990, p. 173).

CONFIANZA EN EL DIOS PROVIDENTE

¿Has jugado alguna vez a cerrar los ojos y, sin mover los pies ni levantarlos del suelo, ir inclinando poco a poco tu cuerpo? Cuando estás a punto de perder el equilibrio y caerte al suelo hay unas manos de alguien que te sostienen y, con un empujoncito, ¡te ponen otra vez en pie! En la medida en que vas inclinándote cada vez más, tienes que ir confiando no en ti mismo –como un pobre ciego– sino en el otro. Tienes que arriesgarte dejando a un lado tu seguridad y dejarte ayudar…

Dejar las propias seguridades es equivalente a ser pobre. Ser pobre, como María, es vivir con esta actitud ante la vida: «Hágase en mí según tu Palabra» (Lc 1,38). Ella practicó un desprendimiento y una total confianza en Él, pero, simultáneamente, mantuvo los pies en el suelo, en la realidad que le tocó vivir, como una más. Ella vivió la soledad y las difíciles condiciones del nacimiento de Jesús; experimentó la inestabilidad causada por la persecución de Herodes, que la hizo exiliarse a ella y a su familia a Egipto; después transcurrió su vida en el hogar de Nazaret, llevando una vida modesta y sencilla; María convivió y compartió su existencia con la gente sencilla y pobre de su pueblo, formando parte de ellos y corriendo su misma suerte.

En nuestros días, María nos acompaña, sea cual sea nuestra condición: en la soledad, en nuestros problemas familiares…; en definitiva, en «nuestras pobrezas». Y ella nos invita a confiar en Dios, como ella confió.

¿Confío de verdad en Dios en medio de las penas y de las alegrías de cada día?