«Los Doctores y Santos Padres dicen que si por los frutos se conoce el árbol, según consta en el Evangelio, qué diremos de María que ha dado a luz aquel bendito Fruto que tanto elogió Santa Isabel, cuando dijo: “Bendito el fruto de tu vientre… ¿De dónde a mí tanta dicha que me venga a ver la Madre de Dios?”» (Carta a un devoto del Corazón de María, en EC II, p. 1.500s).

MARÍA PORTADORA DE ALEGRÍA

Encuentro de María con su prima Isabel. Encuentro que marca el comienzo de un nuevo orden de cosas. Isabel, llena del Espíritu, gritó su gozo y sintió el latir de su corazón al compás del de María. Y el pequeño que crecía en su seno saltó también de gozo. Y, confusa por el privilegio, añadió: «¿Cómo es posible que venga a visitarme la Madre de mi Señor?».

Este gozo y esta humildad de Isabel provocaron también la reacción del alma de María que expresó, sin glosas de miedo, el talante exacto: «Es el Señor el que ha hecho estas maravillas en su pequeña esclava». Pero ya con voz profética anuncia que esta venida trae por fin la realidad nueva esperada: el reino del amor, de la justicia, del servicio. Y, en consecuencia, caerán de su trono los poderosos y se situará en su lugar de honor a los humildes.

Efectivamente, el mensaje de Jesús no viene a acomodarse a las circunstancias egoístas de los humanos. Viene a trastornarlas y subvertirlas. No se acomoda a sus coordenadas históricas porque está por encima del tiempo. Así, por ejemplo, el incisivo «no se puede servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24) rechinaría en los oídos de los publicanos, como rechina hoy en los corruptos, narcotraficantes y explotadores.

El cielo y la tierra pasarán, pero las palabras de Jesús no pasarán.