«Cuando la gente no comulga más que una vez en el año, hay mucha frialdad; cuando comulga doce veces en el año, ya va bien, es una primavera que florece en virtud y da esperanzas de producir sazonados frutos; pero cuando comulga dos veces al mes, cada semana o los más de los días, entonces hay mucho calor, ya arde aquel fuego que Jesucristo bajó del cielo a la tierra, y su voluntad es que arda»

(Carta ascética… al presidente de uno de los coros de la Academia de San Miguel. Barcelona 1862, p. 29; editada en EC II, p. 595).

ALMAS ARDIENDO

En la época de Claret –en pleno siglo xix– no era normal la comunión frecuente. Hoy día, en cambio, la praxis es diversa. Hoy la asistencia a la misa no suele ser numerosa. Pero se practica la comunión frecuente: la mayor parte de los que asisten comulgan. Y en muchos lugares hay personas que se acercan a la mesa del Señor a diario, o cada domingo. En otros sitios la frecuencia es menor: hay personas que solo reciben la Eucaristía en las fiestas más importantes y solemnes del año.

Hay también cristianos que se acercan a los sacramentos –reconciliación y Eucaristía– solo una vez al año, «por pascua florida». Finalmente, están los que, por desgracia, nunca se acercan a ese admirable banquete. Durante años y años no pisan el templo, no oran, no se acuerdan de Dios. A pesar de estar bautizados, viven lejos de Dios y muy poco se acuerdan de él.

Podemos hacernos dos preguntas: ¿Con qué frecuencia comulgo a lo largo del año y con qué nivel de entrega y fervor?Si lo realizo con bastante frecuencia, o casi siempre, ¿hago algo por inducir a otras personas de mi entorno a que también ellas reciban la Eucaristía?