«Son, por cierto, dignos de compasión los que se quejan cuando los ocupan en oficios que a su parecer les distraen. Cuando las ocupaciones vienen por conducto de la obediencia o del deber, no hay por qué temer; ellas mismas nos conducen a Dios» (Carta ascética que… escribió al presidente de uno de los coros de la Academia de San Miguel. Barcelona 1862, p. 20; editada en EC II, p. 590).

PAZ EN EL TRABAJO COTIDIANO

Claret admite la posibilidad de un vínculo entre el trabajo y la paz interior, haciendo hincapié en el motivo por el cual se trabaja. Entre trabajo y paz interior no hay incompatibilidad, sino complementariedad. Reconociendo la importancia del silencio y retiro para la paz interior, sabe muy bien que el trabajo no tiene por qué impedirla. Particularmente el trabajo realizado con amor, o en actitud de obediencia.

El trabajo obligado, en cambio, realizado como a contrapelo, puede originar tensión interior y no ser fuente de paz. Ni que decir tiene que ese no fue el caso de Claret. Él estaba enamorado de lo que hacía. Estaba en lo suyo. Por eso se dice de él que fue un «contemplativo en la acción», o, como lo formuló certeramente el papa Pío XII al canonizarlo, Claret andaba «siempre en la presencia de Dios aun en medio de su prodigiosa actividad exterior».

Nuestro trabajo, vivido desde la vocación cristiana a transformar el mundo o desde las necesidades evangelizadoras de la Iglesia, debe dejarnos paz interior; si no es así, debemos cuestionarnos nuestra misma comprensión del trabajo y del descanso. Y es preciso huir del trabajo viciado, el activismo que es traducción de la huida de uno mismo y de Dios, evitando el silencio y la paz en los que puede hacer oír su voz.

¿Cómo vivo mi condición de trabajador? ¿Logro conciliar trabajo y paz interior?