«Agradarás a María si procuras recibir dignamente y a menudo la sagrada eucaristía, teniendo a Jesús depositado en tu corazón como en un sagrario, y acompañar a tan afligidísima Madre en su soledad tan angustiosa»

(Explicación de la paloma, Barcelona 1848, p. 31).

LO QUE A MARÍA MÁS AGRADA

Los dolores de María, que Claret nos invita a tener presentes, se inician al poco del nacimiento de Jesús y terminan cuando María deja sepultado el cuerpo de su Hijo tras verlo crucificar y sostenerlo muerto en sus brazos. En la frase de Claret late esa imagen de Jesús crucificado y sepultado, como telón de fondo al dolor de su Madre.

Con el lenguaje de su tiempo, Claret exhorta a recibir «dignamente y a menudo» la Eucaristía. Un siglo después, la Iglesia –sin renunciar al «recibir»– nos invita más a «celebrar». Las demás expresiones mantienen su sentido: podemos celebrar más o menos dignamente y hacerlo con mayor o menor frecuencia. ¡Qué recuerdo tan bello el de aquellos cristianos del siglo iv que fueron a la muerte afirmando: «Sin celebrar el domingo no podemos vivir»!

Su frase sigue haciéndose realidad en miles de creyentes que, para participar en la asamblea eucarística del fin de semana, recorren muchos kilómetros con un inmenso esfuerzo.

Las cosas más valiosas de la vida solo se aprecian en su justa medida cuando dejan de tenerse. En estos tiempos en los que, en países que han albergado iglesias llenas de vida, muchas comunidades han de contentarse con una Eucaristía mensual, valoremos la posibilidad de participar con frecuencia en la celebración eucarística, el privilegio de poder acercarnos al sagrario a escuchar a Jesús y a dialogar con él.