(Del Prólogo de la misma obra)

Comenzamos a escribir esta biografía de San Antonio María Claret con no poca aprensión. Porque escribir una biografía supone dos cosas: poseer el arte, ágil y placentero, de la narración y conocer adecuadamente el entorno histórico en que vivió el personaje, sobre todo cuando se trata de alguien que actuó públicamente en ese preciso entorno. Al conocimiento de San Antonio María Claret (su espiritualidad, sus escritos, su actuación en la fundación de su Congregación de Misioneros y sus relaciones con la M. Antonia Paris) hemos dedicado no pocos años de nuestra vida. Pero escribir su biografía suponía un conocimiento más detallado de cada una de las etapas de su vida y de sus numerosísimas actividades. Pusimos mano a la obra por amor a nuestro instituto (otros dirían obediencia, pero es lo mismo) al habérnoslo pedido el hermano que ha sucedido al Santo en la dirección de la Congregación a que pertenezco.

Se nos ha pedido una biografía de mediana longitud, suficientemente amplia, para dar una imagen seria y reposada de lo que fue Antonio María Claret, y al mismo tiempo con la brevedad deseable para poder tentar a un mayor número de lectores. La que hemos escrito se basa a la vez en la Autobiografía que nos dejó el Santo y en las varias vidas que han venido marcando un hito en el conocimiento de éste durante algo más de un siglo. La del obispo de Segorbe y amigo suyo, Francisco Aguilar (1871), la del Siervo de Dios, Jaime Clotet, colaborador suyo en la fundación de los Claretianos (1882), la del P. Mariano Aguilar (1894) y la del P. Cristóbal Fernández (1946). Con extensión creciente (M. Aguilar, 1174 pp.; C. Fernández, 1996 pp.) se nos ha venido informando de hechos y más hechos que fueron llenando la vida de este hombre singular.

A partir de la fecha en que se publicó la biografía escrita por el P. Fernández, se han venido publicando estudios monográficos, que han enriquecido notablemente el conocimiento que de él tenemos. Nos referimos a los del P. Barrios Moneo y de la M. María Milena Toffoli sobre sus relaciones con Santa Micaela del Santísimo Sacramento, a los del P. Jesús Álvarez sobre la fundación de las Claretianas, a los del P. Federico Gutiérrez Serrano sobre su apostolado en Canarias y Andalucía, a la tesis doctoral de Reniero Lebroc sobre su episcopado en Cuba, al libro recientemente publicado por el P. Jesús M. Alday sobre sus trabajos en el País Vasco, a los estudios sobre su espiritualidad llevados a cabo por los PP. José M. Viñas y Augusto Andrés Ortega. El P. José María Gil nos ha editado el Epistolario y el P. Jesús Bermejo de nuevo la Autobiografía. Quien esto escribe ha aportado también su pequeña contribución, estudiando su espiritualidad, los varios proyectos que precedieron a la Congregación de los Misioneros, su actuación en favor de la Archicofradía del Corazón de María, publicando sus escritos relativos a los Claretianos y un catálogo de sus obras y anotando una versión francesa de la Autobiografía que no ha llegado aún a publicarse.

Ahora nos tocaba sobre todo sopesar críticamente y resumir. Porque no se pretendía añadir anécdotas y más anécdotas, no pocas bastante episódicas o que vienen a darnos una imagen del héroe, que ya nos han dado otras obras. Ciertamente, si eso se quisiera, habría aún materia abundante, con sólo espigar la prensa cubana o española del tiempo. Pero una biografía hoy no es una reconstrucción material, a modo de crónica, de todo lo que hizo un personaje. Este concepto positivista de la historia pasó ya hace años de moda. Una biografía es sobre todo hoy, como lo fue, aunque de modo diverso, en el helenismo, la descripción del fluir de una vida, percibiéndola en su significado más profundo, en las intenciones del sujeto, en los valores a que la orientó, con las ideas y factores sociales que lo condicionaron. Algo así como un retrato.

Esto es precisamente lo que hemos intentado: un retrato de aquel hombre tan polivalente, genial en algunos aspectos, que fue San Antonio María Claret. De aquí que no hayamos tenido recelo en recorrer en varios párrafos, sin demasiadas anécdotas, los itinerarios seguidos por él en sus excursiones misioneras por Cataluña, Canarias, Cuba o las varias provincias españolas ya hacia el final de su vida. También aquí los árboles nos hubieran impedido ver el bosque. Porque Antonio María Claret predicó en tantas poblaciones, escribió tantos libros, se relacionó con tantos personajes de la historia de la Iglesia y de la civil de España y de Cuba, tuvo tantas iniciativas apostólicas, que obligan al biógrafo a limitarse a lo más significativo, dejando el resto para estudios monográficos.

Al redactar esta nueva biografía, no nos hemos limitado a resumir el resultado de las investigaciones anteriores, ajenas o nuestras. Nos hemos detenido a estudiar, con mayor cuidado de lo que se había hecho hasta ahora, las actuaciones del Arzobispo Claret en Cuba, tal vez el período de su vida en que mejor se revela su grandeza, y el significado de su actuación en el ambiente de la corte de Isabel II. Esto ha sido posible, porque Cuba cuenta con una reciente historiografía seria y muy útil para conocer los años en que allí vivió San Antonio María. También por lo que toca a España, el reinado de Isabel II ha sido recientemente mejor estudiado. Hemos querido colocar al hombre en su tiempo. También en esto hemos sido ayudados no poco por la reciente investigación sobre aquel período tan interesante de la historia de Cataluña que va de las guerras napoleónicas a la “renaixença”. En ambos ambientes, en el catalán y en el de la corte, ocupa el Santo un puesto relevante. Lo reconocen comúnmente los historiadores.

Hoy sabemos que una biografía tiene que ser por fuerza una interpretación. Hemos intentado combinar y al mismo tiempo presentar como distintos el relato de hechos comprobados y la interpretación de su significado. Es probable que el lector halle aquí un modo nuevo de enjuiciar tanto la actitud de Antonio María Claret como el ambiente en que trabajó. Y es que hoy estamos algo más distantes de los hechos y las biografías de los Santos del siglo XIX no han de tener por fuerza aquel tufillo antiliberal que no se sabía disimular hace algunos decenios.

Ahí la tiene el lector. Que el Santo a quien tantísimo debemos, nos recompense el trabajo que nos hemos tomado y sobre todo el amor y el intento de veracidad, con que lo hemos llevado a cabo, con su intercesión. Porque el personaje de que nos ocupamos, aunque muerto para el tiempo, vive en la gloria de Dios, cerca de aquel Señor Resucitado a quien sirvió toda su vida, predicando el Evangelio.

 Juan Manuel Lozano, C.M.F.

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