About Joaquim Puigdemont

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La fotografia

Claret nos habla de la imagen de la fotografía en los Propósitos del año 1866. Solo hacía cuarenta años que esta técnica de reproducción de una imagen en papel por la reacción química de la luz había sido inventada por Nicéphore Niépce. La novedad hacía de esta técnica una revolución. Nuestro Santo ya había sido retratado en varias ocasiones, una de ellas por el fotógrafo Pujada en el año 1860 en Madrid por encargo de la Reina Isabel II.

La fotografía tampoco escapa como imagen para una aplicación espiritual y pastoral. Al igual que cualquier imagen queda impresa en el papel, la imagen de Jesús ha de quedar impresa en nuestro corazón teniéndola siempre presente. No hay mayor dicha que ésta. Es bonito ver cómo muchas madres llevan en el monedero la fotografía de sus hijos, como un intento de dar a entender que la llevan grabada en lo más profundo de su corazón. El cristiano ha de llevar también consigo una imagen de Cristo que muestre lo que lleva grabado dentro de sí. Esto es una señal de amor que sentimos por Aquel que dio la vida por nosotros. Evocadores son aquellos versos de San Juan de la Cruz en el Cántico Espiritual: “¡Oh cristalina fuente, / si en esos tus semblantes plateados / formases de repente / los ojos deseados / que tengo en mis entrañas dibujados!”.

Esta impresión se alcanza por la oración de Jesús, llamada también oración de recogimiento activo u oración de simple mirada. Y cuando se tiene impresa se experimenta como el mayor regalo que podemos tener y el mayor don que podemos aportar a los demás. Esto es lo que aporta Pedro y Juan al tullido que se encuentra en la puerta del Templo llamada Hermosa pidiendo limosna: “No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, eso te doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, ponte a andar” (Hch 3,6). El nombre de Jesús que lleva Pedro grabado en el corazón es el don que le da al tullido la salud física como signo de la salvación que solo nuestro Señor puede dar.

Fijémonos en María que es el mejor portarretratos de Jesús: “Su madre conservaba todo esto en su corazón” (Lc 2,51).


Juan Antonio Lamarca, cmf.

El compàs

Salimos de la Autobiografía y rescatamos una imagen muy catequética que presenta Claret en los Propósitos de los Ejercicios del año 1866 y en el libro “Templo y palacio de Dios nuestro Señor” del mismo año.

Dice así “Andaré continuamente en la presencia de Dios interiormente. Al efecto andaré siempre muy recogido para no derramarme. La imaginación la tendré ocupada en mi interior en el Señor, acordándome de aquellas palabras de San Pablo: ‘¿No sabéis vosotros que sois templo de Dios?’ (1Co 3,16), ‘Vosotros sois templo de Dios vivo’ (1Co 6,16). Me figuraré que mi corazón es como aquella pieza en que estaba sentado Jesús, y que mi alma está contemplando a los pies de Jesús, como María, está ocupado sin turbarme en la cosas de mi ministerio a fin de que sean como una comida la más sabrosa para Jesús. Me figuraré que mi alma y mi cuerpo son como las dos puntas de un compás, y que mi alma, como una punta, está fija en Jesús, que es mi centro, y que mi cuerpo, como la otra punta del compás, está describiendo el círculo de mis atribuciones y obligaciones con toda perfección, ya que el círculo es símbolo de la perfección en la tierra y de la eternidad en el cielo”.

La imagen es muy apropiada para el hombre de hoy que vive con tantas prisas y disperso. La idea no puede ser más clara: debemos tener nuestro centro en Dios para que toda nuestra actividad sea armónica y ordenada.

Se inspira Claret en el pasaje de Marta y María (Lc 10, 38-42). Malamente interpretaríamos este pasaje si pensamos que Jesús descarta el servicio como forma evangélica de seguimiento, nada más contrario a esta idea (cf. Jn 13,1-17). El problema es desde dónde servimos, y Jesús no deja lugar a dudas: debemos prestar nuestro servicio como verdaderos discípulos, es decir, desde una escucha atenta de la Palabra de Dios; esto es escoger la mejor parte que nadie nos quitará. Cuando es Dios nuestro centro y es Él quien nos mueve ganamos en paz y serenidad aunque sea abundante nuestro trabajo. El estrés no es hacer muchas o pocas cosas, sino hacerlas sin profundidad. Debemos sacar un tiempo generoso para orar y escrutar la Palabra de Dios, entonces la vida se ilumina de otra manera, y nuestra actividad, sea la que sea, tendrá un trazo especial.


Juan Antonio Lamarca, cmf.

El borrico (II)

En un contexto en el que Claret nos presenta sus propósitos de vida penitencial nos habla ahora del cuerpo bajo la imagen del borrico (cf. Aut 759 – 760). El cuerpo, como un mal borrico, se deja llevar por los placeres y se resiste a una vida disciplinada y ordenada. El cuerpo necesita ser gobernado para que no se crezca y piense que en esta masa multiforme de huesos, carne, músculos y tendones está el ser de la persona. ¡No!, sin descartar el cuerpo, la persona es mucho más. Y prueba de esto es que todos hemos experimentado en algún momento como una palabra ofensiva causa más dolor que un fuerte golpe. Hay algo más que nos duele que el mero físico. Ésta es la razón por la que en el Sermón de la Montaña Jesús pretende llevar la plenitud de la Ley (cf. Mt 5,17-19), entre otros preceptos, al “no matarás”; matamos, cuando poseídos por la cólera, insultamos u ofendemos con la palabra al hermano (cf. Mt 5,21-22).

En definitiva, este cuerpo nuestro, al que con tantísima frecuencia mimamos y damos culto, tenemos que domeñarlo como a un mal borrico ejercitándonos en las virtudes evangélicas para que pueda llevar a Cristo a todas partes, y tener bien claro que sin Él no podemos hacer nada (cf. Jn 15,5).De lo contrario nos puede pasar como aquel burro del cuento:

Una vez un burro vanidoso llegó a su casa muy contento y orgulloso. Su mamá le preguntó: “Hijo, ¿Por qué estás tan contento y altivo?”. El burro vanidoso le respondió: “Ay, mamá, ¿sabes que cargué a un tal Jesús, y cuando entramos a Jerusalén todos me decían: ‘¡Viva, viva… salve… viva, viva!’ y alfombraban el suelo al pasar y me recibían con palmas y flores?”. Entonces la madre, con una mirada de cariño y larga experiencia, le dijo: “Vuelve otra vez a la ciudad, hijo mío, pero no vuelvas a cargar a ese tal Jesús, entra tú solito”. Al otro día el burro vanidoso fue, y de regreso venía triste y lloroso. Al llegar a la casa con gran lamento le dijo a su madre: “Ay, mamá, no puede ser, no puede ser…”. Ella le preguntó: “¿Qué te pasa, hijo?”. “Mamá, nadie se fijó en mí, me echaban del lugar a donde iba, pasé desapercibido para casi todo el mundo, y al final me echaron de la ciudad”. La mamá se le quedó mirando con gravedad y ternura, y le dijo: “Eso te pasó, hijo mío, porque sin Jesús eres solo un burro”.

Efectivamente, así es, sin Jesús no somos nada, absolutamente nada. San Pablo nos recuerda que el gran valor de nuestro cuerpo está en que es templo del Espíritu de Cristo; por lo tanto, no nos pertenecemos para hacer con nuestro cuerpo lo que queramos, pues hemos sido comprados a precio de la Sangre de Cristo, y con él hemos de dar gloria a Dios (cf. 1Co 6,19-20).

Todo lo que sea domar, sin herir ni maltratar, a este “mal burrito” para que lleve con dignidad a Jesús, el Señor, mucho bien nos hará.


Juan Antonio Lamarca, cmf.

Tántalo

El 4 de septiembre de 1859 Claret recibe la revelación del Señor de enseñar a sus Misioneros la mortificación, y a los pocos minutos la Virgen le dice que así hará fruto (cf. Aut 684). Si ésta es la recomendación de Dios para sus Misioneros, no podía él ser menos en esta práctica penitencial para dar ejemplo y ganar en disponibilidad misionera.

La imagen para recrear este espíritu penitencial es la pena de Tántalo, que se halla en la Autobiografía (cf. 759) y que citó en alguna ocasión a sus más cercanos colaboradores por los manjares a los que renunciaba en los convites de Palacio. Tántalo es un personaje de la mitología griega, hijo de Zeus, que sufre un angustioso castigo por haber robado el néctar de los dioses. Sumergido hasta el cuello no podía beber porque se retiraban las aguas cuando le entraba sed, ni podía coger el fruto de los árboles porque un viento le apartaba las ramas cuando le entraba hambre. Así se sentía Claret, sufriendo hambre y sed como medio impuesto por él para domar un cuerpo que tiende a la comodidad y a la relajación.

La mortificación es una virtud al servicio de otras virtudes que hoy en día se encuentra bastante denostada, quizá por excesos de tiempos pasados, pero que no ha perdido su valor. La mortificación es un mandato evangélico: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mc 8,34). Negarse a sí mismo es una condición sine qua non para el seguimiento de Cristo. Afecta a todos, pero de una manera particular al misionero. No reconocer esta necesidad es una infructuosa soberbia, y nos lleva a la autosuficiencia de pensar que tenemos el control de todo. Quien se encuentra poseído por este tenebroso pensamiento más tarde o más temprano termina por darse un fuerte batacazo. Humillarse y sufrir la humillación a la que nos someten muchas circunstancias de la vida nos ayuda a caminar con solidez al servicio del Señor.

En un mundo tan hedonista como el que nos ha tocado vivir hablar de mortificación es predicar en el vacío, pero es de sentido común que tenemos que hacer pequeñas y grandes renuncias para que nuestra vida misionera gane en disponibilidad y entrega.


Juan Antonio Lamarca, cmf.

Imágenes para la contemplación, la catequesis y la predicación

Presentación

Por razones que no vienen al caso, no me prodigo mucho en entrar en las redes sociales. Cada tres o cuatro días me asomo a esta ventana para no desconectar de los gustos e inquietudes de mis amigos. Hace unos días, en una de estas incursiones para otear el panorama o paisaje social, di con una preciosa galería de fotos que presentaba un buen amigo mío. Eran verdaderas obras de arte; el motivo fundamental… muy original, gotas de rocío. Me sentí muy inspirado, y creo que refleja parabólicamente lo que quiero presentar en esta sección: imágenes para la contemplación, la catequesis y la predicación en una línea claretiana.

El rocío es un fenómeno atmosférico por el que la humedad del aire se condensa en forma de gotas por la disminución brusca de la temperatura. Pero vayamos más allá de la física, que es lo que nos interesa:

  • Es un fenómeno que sucede al amanecer. Se forma con la aurora, y se puede contemplar con la primera luz de la mañana. “El amanecer” es una metáfora de un gran contenido teológico en los relatos de la resurrección. Simboliza el paso de la fe a una nueva creación: la vida divina que inaugura el Resucitado.

La contemplación que propongo con estas imágenes se ha de hacer desde la fe y ha de llevar a ella. Y desde la fe iluminar, ser un “amanecer” para diferentes situaciones de nuestra vida.

  • Es un fenómeno que desaparece en poco tiempo. Conforme sube la temperatura, el agua se vuelve a evaporar.

La contemplación que propongo pretende también que sepamos gozar el presente que Dios nos regala. Despertar la admiración por la belleza. A Dios lo encontramos en el presente de nuestras realidades cotidianas. Desgraciadamente con frecuencia huimos con el pensamiento al pasado y al futuro; y el presente, el momento del encuentro con Dios, se nos escapa.

La contemplación es el mayor bálsamo para la agitación y la prisa, nos ayuda a vivir con ritmos más pausados. La contemplación nos ayuda a vivir.

  • En este fenómeno cada gota es un pequeño universo. Se trata de vapor de agua que se condensa formando una unidad, la gota, un universo. Y además, como pequeñas lentes, reflejan el paisaje de manera diferente.

Las imágenes que propongo para la contemplación nos abren también a un universo. Éste va a depender de cómo se deje evocar cada uno, porque todo presente contiene semillas de eternidad.

Comenzaré proponiendo cada semana, si Dios lo permite, una de las imágenes que San Antonio Mª Claret nos presenta en la Autobiografía para la contemplación, pero también como recursos para la predicación y la catequesis. Al menos ésta es mi experiencia: muchas de ellas me han servido como recurso para el ministerio. San Antonio Mª Claret fue un contemplativo de la acción y observaba las realidades cotidianas con mucha atención para iluminar la fe de la gente como buen pedagogo. Una vez agotada esta materia… Dios dirá.

Una de las cosas que más me cautivó de las gotas de rocío fotografiadas fue las formas que adquirían en conjunto: eran como perlas engarzadas formando un collar. Quede este trabajo de ir engarzando una imagen tras otra, collar de contemplación, como ofrenda a María, madre de Dios y madre nuestra.

Por cierto, el artista es Fernando, un amigo… Dios siga bendiciendo su mirada contemplativa para captar y perpetuar el instante, el momento presente.

Juan Antonio Lamarca Carrasco cmf

P. Viñas, ¡gracias por tu pasión claretiana!

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El 30 de octubre de 2016, el P. José María Viñas Colomer, cmf, ha culminado su recorrido misionero por este mundo y, a los 96 años de edad, ha sido abrazado de forma definitiva por el Señor Resucitado. Desde esta página web del CESC queremos rendirle un merecido homenaje por haber sido uno de los pilares firmes que permitió la renovación carismática de nuestra Congregación a la luz del concilio Vaticano II. Ha sido uno de los cauces seguros de la transmisión de nuestro patrimonio espiritual y uno de los inspiradores de una identidad claretiana renovada, construida en fidelidad creativa según los desafíos planteados por los nuevos tiempos. (más…)

Canonización del P. Claret (1950)

Vídeo sobre la canonización del P. Claret el día 7 de mayo de 1950.

El P. Claret. Infancia y juventud

Vídeo sobre la infancia y juventud del P. Claret, fundador de los Misioneros Claretianos.

Mi encuentro con Claret

A. Cabré Rufatt, cmf.

Me encontré con Claret en una cancha de fútbol. Yo era un adolescente que trataba de meter goles y el padre Alberto Chang, amigo de mi familia, me invitó a jugar con los seminaristas claretianos.  No recuerdo si gané muchos partidos o si metí muchos goles. Lo que gané fue inmensamente mayor: descubrí un carisma que empezó a nutrirme desde adentro, que me hizo mirar la vida más allá de los horizontes normales: la vida seguía más allá de donde se termina el mar. Había pueblos enteros que ni conocían a Cristo Jesús, el que ayuda a liberar las cadenas que impiden ser felices.

Conocer a Claret fue descubrir un especial modo de vivir mi condición cristiana: un Cristo convertido en alimento para vigorizarnos, (más…)

El P. Claret en Madrid: inicios y llegada de los claretianos

El P. Severiano Blanco explica la llegada del P. Claret en Madrid, las incertidumbres iniciales i la llegada de los claretianos a la ciudad.